Espejo de Monografías

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ISSN: 2660-4213 Número 10, año 2023. URL: espejodemonografias.comunicacionsocial.es


monografías de acceso abierto open access monographs


ISBN 978-84-17600-63-1


El debate público en la red: polarización, consenso y discursos del odio (2022)

Enrique Arroyas Langa, Pedro Luis Pérez-Díaz, Marta Pérez-Escolar (editores)


Separata Capítulo 2

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Título del Capítulo

«Los populismos como ideologías de la polarización en el declive de la democra- cia liberal»

Autoría

Enrique Arroyas Langa

Cómo citar este Capítulo

Arroyas Langa, E. (2022): «Los populismos como ideologías de la polarización en el declive de la democracia liberal». En Arroyas Langa, E.; Pérez-Díaz, P.L.; Pérez-Escolar, Marta (eds.), El debate público en la red: polarización, consenso y discursos del odio.

Salamanca: Comunicación Social Ediciones y Publicaciones. ISBN: 978-84-17600-63-1

D.O.I.:

https://doi.org/10.52495/c2.emcs.10.p96


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El libro El debate público en la red: polarización, consenso y discursos del odio está integrado en la colección «Periodística» de Comunicación Social Ediciones y Publicaciones.


La confrontación forma parte de la política; es el nudo alrededor del cual se articula la competencia entre los partidos encargados de cana- lizar las alternativas ideológicas de los votantes. Ahora bien, cuando el conflicto se basa en identidades básicas, en mensajes simplistas y en visiones maniqueas de la realidad y del adversario, el fenómeno de la polarización se extiende en la sociedad, los discursos del odio hacen acto de presencia impulsando la exclusión política y social, y los consensos básicos saltan por los aires —así, queda eclipsado el necesario debate constructivo propio de las democracias, y éstas se debilitan hasta extremos peligrosos.

En este contexto, El debate público en la red: polarización, consenso y discursos del odio aborda los siguientes asuntos:

—las responsabilidades del liderazgo político y periodístico en la ca- lidad del debate;

—la dimensión ideológica de la polarización en un contexto de frag- mentación política, desafección y crisis de la democracia represen- tativa liberal;

—el discurso político y periodístico como factor de polarización con especial atención a las redes sociales digitales;

—las nuevas tendencias periodísticas de verificación de datos o como instrumento para el consenso en la esfera pública digital.

En palabras de Silvio Waisbord «los capítulos aquí reunidos ofrecen ideas para entender el problema y discutir formas de superación o mejoramiento de la polarización. Si se espera que un buen libro ayu- de a entender problemas y dispare nuevas preguntas, este volumen cumple con creces. Traza lineamientos de investigación, identifica problemas y tendencias, y deja abiertos interrogantes para futuros trabajos.»


Sumario


Prólogo, por Silvio Waisbord 9

  1. La grieta: polarización ideológica y afectiva en el debate político español,

    por Manuel A. Egea Medrano; Antonio Garrido Rubia 13

    Introducción 13

    1. La polarización ideológica en España 14

    2. La polarización afectiva 16

      1. Conceptualización 16

      2. Investigación y medición en Estados Unidos 18

      3. Relación entre polarización ideológica y afectiva 20

    3. La polarización afectiva en España 21

      1. Antecedentes y estudios 21

      2. Polarización afectiva hacia los partidos políticos 23

      3. Polarización afectiva hacia los líderes políticos 28

    4. Conclusiones 29

      Bibliografía 30

  2. Los populismos como ideologías de la polarización en el declive de la democracia liberal,

    por Enrique Arroyas Langa 33

    Introducción 33

    1. Liberalismo: señas de identidad y primeros desafíos 35

    2. Los grandes enemigos de la democracia liberal: fascismo

      y comunismo 38

    3. La seducción del autoritarismo 41

    4. El peligro del populismo hoy: antipluralismo y exclusión 43

    5. Conclusiones 48

      Bibliografía 49

  3. La polarización discursiva como estrategia de comunicación en las cuentas de líderes y partidos políticos en Twitter,

    por Juan Antonio Marín-Albaladejo 51

    Introducción 51

    1. La raíz estratégica de la polarización en redes sociales 53

    2. Polarización y retórica maniquea 59

    3. Mecanismos discursivos polarizadores 62

    4. Conclusión 65

      Bibliografía 66

  4. La cultura de la verificación periodística frente a

    la desinformación digital y sus efectos polarizadores,

    por Pedro Luis Pérez-Díaz 69

    Introducción 69

    1. Las tribulaciones de una verdad incómoda 70

    2. El auge de una cultura de la verificación periodística 73

    3. Las contranarrativas de la verdad en entornos digitales 76

      1. Determinar si se ha alcanzado el punto de inflexión ... 76

      2. Emplear una amplificación estratégica 76

      3. Verificar con efectividad 77

      4. Profundizar en el contexto 78

      5. Elegir el lenguaje idóneo 79

      6. Ofrecer emparedados de verdad 80

      7. Visualizar los datos disponibles 80

      8. Rectificar con diligencia 81

    4. Los efectos polarizadores de la desinformación 82

    5. Conclusiones 84

      Bibliografía 85

  5. El desmentido como instrumento para mejorar

    la calidad del debate público en el escenario digital,

    por Marta Pérez-Escolar; Paula Herrero-Diz 89

    Introducción 89

    1. Identificando al enemigo: la desinformación y

      la ‘misinformación’ 92

    2. El desmentido: estructura y estilo informativo 97

    3. ¿Y ahora qué? Orientaciones para futuros periodistas verificadores 102

    4. Conclusiones 105

      Bibliografía 106

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      Sumario

  6. El medio es el mensaje y el canal es el masaje: intentos de ges- tión de la polarización y los discursos del odio en Twitter,

    por José Manuel Noguera-Vivo 109

    Introducción 109

    1. Consumo incidental: informarse mientras hacíamos

      otra cosa 114

    2. Cambios sistémicos de Twitter en los últimos años 117

    3. Conclusiones 123

      Bibliografía 125

  7. Antídotos contra la epidemia desinformativa. Hacia un estado de la cuestión en la lucha contra la desinformación en España,

    por Beatriz Correyero-Ruiz; Antonio José Baladrón-Pazos 127

    Introducción 127

    1. Las soluciones europeas a la desinformación 131

    2. Marco institucional y normativo contra la desinformación

      en España 132

      1. Las iniciativas del Partido Popular 132

    3. Hacia un marco institucional y normativo 134

    4. El apoyo de la sociedad civil 141

    5. Conclusiones 141

      Bibliografía 143

  8. Liderazgo político, soberanía digital y desplataformización en tiempos de pandemia,

    por Pablo S. Blesa Aledo 145

    1. Infodemia y gula informativa 147

    2. La infoesfera: la irrupción en la dieta informativa

      de ingestas digitales 149

    3. Posverdad, fake news y teorías conspirativas 150

      1. Sandeces y posverdad 151

      2. Fake news y teorías conspirativas 152

    4. La soberanía digital 153

      1. Los gigantes tecnológicos asumen la soberanía

        digital 154

        1. Trump, la mentira es una estrategia

          de comunicación efectiva 155

        2. La dudosa legitimidad desplataformizadora

          de las tecnológicas 157

          4.2. Las cuestionables leyes reguladoras constrictivas

          de los Estados 158

    5. Periodismo de calidad en la era de los populismos,

la posverdad y la infodemia 160

Bibliografía 161

2.

Los populismos como ideologías de la polarización en el declive de la democracia liberal


Enrique Arroyas Langa

Universidad Católica de Murcia (UCAM)

[earroyas@ucam.edu]


Introducción

No importa cuándo entre uno en una librería, que en el apartado de novedades encontrará siempre algún libro dedica- do a la muerte de las democracias liberales. Su fragilidad forma parte de su condición desde sus orígenes. La historia del libe- ralismo es una historia de controversias que abarcan desde su mismo concepto hasta la forma en que los propios liberales se ven a sí mismos. Esta confusión nunca se ha aclarado del todo y hoy puede verse como una de las razones de la pérdida de prestigio que sufre el liberalismo en un contexto político carac- terizado por el auge de movimientos antiliberales. Por eso, para comprender estos movimientos que se oponen al liberalismo se hace necesario abordar éste no sólo desde sus presupuestos ideales sino también desde sus imperfecciones concretadas en el devenir de la historia, pues estamos ante una teoría política que, lejos de ser una doctrina fija, ha experimentado sucesivas reconfiguraciones.

Esta dinámica que hoy observamos en forma de crisis de confianza del liberalismo y acoso populista desde los extremos se ha reproducido en diferentes momentos de la historia: en las revoluciones de 1848, en el periodo de entreguerras del siglo XX, en el declive de toda una época que supuso la Guerra Fría y, actualmente, con las profundas transformaciones del nuevo milenio.


Desde su consolidación como pensamiento político domi- nante en el siglo XIX, en cada uno de esos momentos el libe- ralismo ha tenido que hacer frente al desafío de alternativas políticas que le han reprochado, por un lado, su excesivo én- fasis en los derechos individuales a costa de rebajar sus fines sociales y, por otro, de vaciarse de contenido moral. Estos dos reproches, que pueden rastrearse tanto en el debate de ideas como en la representación política y tanto en su dimensión psicológica como en su concreción práctica, vuelven a emerger en la actualidad como un factor clave de polarización.

Si nos fijamos en la evolución del liberalismo, que es como decir de la política moderna, comprobaremos varias cosas. En primer lugar, que el liberalismo como apuesta política es la idea que se ha desarrollado con más vigor en los últimos si- glos; que su evolución no ha estado exenta, ni mucho menos, de contradicciones, triunfos y fracasos y que ha contado con enemigos ideológicos poderosos. En segundo lugar, observa- remos que ha desfallecido y vuelto a nacer y que tanto lo uno como lo otro ha dependido en gran medida de su capacidad para persuadir las mentes de los ciudadanos con un relato que mezcla realismo y esperanza. En tercer lugar, constataremos que su debilitamiento va unido siempre al empobrecimiento de la democracia, aunque algunos de sus enemigos se ofrezcan como revitalizadores democráticos. Y en último lugar, quedará una lección de fondo: cualquier sociedad le puede dar la espal- da en cualquier momento.

¿Por qué lo que empezó como un movimiento liberador, alentado desde criterios morales de defensa de los derechos del individuo frente a los privilegios de grupo, ha acabado por ser percibido como una doctrina egoísta y conservadora que des- cuida el bien común? Un repaso a su evolución histórica nos dará una respuesta aproximada a esta pregunta o, al menos, nos ayudará a comprender mejor las razones de la decadencia del liberalismo, si es que ha perdido poder de seducción para las sociedades actuales o si atraviesa uno más de sus numerosos capítulos de crisis de identidad; y además nos proporcionará una base para analizar los fundamentos ideológicos de los dis-


cursos alternativos que cobran hoy fuerza en contraposición a los valores del liberalismo.

El objetivo, por lo tanto, que perseguimos en este capítulo es reconectar con la tradición liberal y repensar sus valores para de esta forma poner en evidencia el peligro que supone caer en brazos de populismos cuyo éxito se basa en el desmantelamien- to de los valores más fundamentales de la democracia liberal.

En el primer epígrafe abordaremos las señas de identidad del liberalismo y su evolución para constatar cómo en su ori- gen fue un proyecto ético cuyo componente básico era la idea de representación a través de instituciones mediadoras que se controlaran entre sí como la forma más efectiva de defensa de los derechos individuales. A continuación, abordamos cómo en el siglo XX el liberalismo sufrió su mayor quiebra cuando fue impugnado por el fascismo y el comunismo, dos teorías políticas que prometieron un nuevo orden que subvertía los valores de la democracia liberal. En el apartado siguiente se profundiza en ese desafío desde el punto de vista del deba- te ideológico que alcanzó tal visceralidad que llevó a Julien Benda (2008: 112) a bautizar al siglo XX como el «siglo de la organización intelectual de los odios políticos». Finalmente, y como conclusión, describiremos la esencia antipluralista y excluyente de los populismos como capítulos sucesivos de la tradición ideológica del fascismo y el comunismo que impug- na el liberalismo.


  1. Liberalismo: señas de identidad y primeros desafíos

    El desafío de las masas está en el origen tanto de las tensiones a las que se ve sometida la democracia liberal como a su caída en la crisis de representación cuando no resuelve esas tensiones y, finalmente, en el nacimiento de movimientos alternativos antiliberales que servirán de punto de partida de los popu- lismos. El primer gran desafío al que se tuvo que enfrentar la democracia fue la tiranía de las mayorías, es decir, el contraste entre sus exigencias de racionalidad y la constatación de que el


    ser humano puede actuar también movido por las más diversas pasiones, que además se vuelven imprevisibles cuando se en- trelazan en las multitudes. Este golpe de realidad que despertó de su ingenuidad a los primeros liberales sirvió, no obstante, como factor corrector que contribuyó a reforzar los resortes prácticos de defensa de las democracias mediante la separación de poderes y la creación de instituciones que se controlaban entre sí (Mill, 1999; Tocqueville, 1985). Pluralismo, libertad de expresión, participación, rendición de cuentas, institucio- nes de representación e imperio de la ley se convirtieron en los fundamentos de la democracia liberal.

    La libertad entendida por oposición a todo tipo de tiranía es el gran concepto sobre el que gira el liberalismo. En defensa de la autonomía individual, el liberalismo se fue configuran- do a lo largo del siglo XIX en oposición a otros dos grandes ismos políticos rivales: conservadurismo y socialismo. Ya en sus difusos orígenes, cuando su relato se hallaba en construcción, su primer impulso es conflictivo y antagónico, y ello marcó el carácter controvertido de una evolución dependiente de las mentalidades y pasiones que estructuraban la política en un periodo como el de la España de 1812, donde se sitúa el origen mismo de su denominación. Ya entonces el debate ideológico se hallaba escindido en dos bandos hostiles, liberales y serviles, lo que facilitó su consolidación partidista (Fernández Sebas- tián, 2006).

    Para los hombres de la Constitución de Cádiz, lo mismo que para los primeros liberales del resto de Europa, el libe- ralismo tenía un carácter moral sustentado políticamente en los principios de un gobierno limitado y representativo capaz de garantizar ciertos derechos: libertad, igualdad, propiedad, seguridad. A partir de ideales como unión, desinterés, virtud cívica, patriotismo, servicio público y bien común, si hay algo que permanece invariable en el liberalismo a lo largo del tiem- po es su carácter reformista frente a las tendencias rupturistas o reaccionarias. Un reformismo que nace de la experiencia del terror revolucionario francés, ejemplo de la facilidad con la que la soberanía popular podía aliarse con la dictadura.


    Uno de sus primeros teóricos, Benjamin Constant (2020), ya destacaba entre los principales objetivos del liberalismo impe- dir que una dictadura basada en la aclamación popular destru- yera desde dentro un régimen liberal. El liberalismo consagra así un tipo de soberanía que es inseparable de las instituciones intermedias que limitan el poder, entre las que destaca la liber- tad de pensamiento y de prensa. Todo ello impulsado por la convicción moral de la solidaridad mutua y el objetivo del bien común que exige rasgos individuales de altruismo y sacrificio individual. Para los liberales del siglo XIX, ser liberal implicaba suscribir este ideal moral, «significaba sobre todo creer en un proyecto ético» (Rosenblatt, 2020: 108).

    Las revoluciones de 1848 condujeron a los liberales refor- mistas a un nuevo desafío ideológico por la izquierda, el so- cialismo, que exigía soluciones a una injusticia social de la que hacía responsable al individualismo liberal. Ante la magnitud del desafío, el liberalismo empieza a vaciarse de contenido, acosado por las nuevas ideas y obligado a lidiar con las contra- dicciones de una realidad política que exige tomas de postura en situaciones límite en el mundo en transformación de la so- ciedad de masas.

    Surge entonces la expresión democracia liberal, como la aspiración de conservar intactas las libertades individuales dentro de un sistema basado en la opinión pública y las ma- yorías, «una forma de gobierno genuinamente representativa, que imponía límites a los poderes gubernamentales y recono- cía determinadas libertades esenciales [...], las libertades para pensar, leer, criticar y publicar sin restricciones» (Rosenblatt, 2020: 136).

    En definitiva, la presión de la movilización socialista contri- buyó a clarificar dentro del liberalismo la cuestión económica y social, de modo que a finales de siglo se apreciaban ya dos corrientes que han perdurado hasta hoy: una a favor del libre mercado y otra más intervencionista; una que da prioridad a la libertad del individuo y otra que cede al Estado parte de la obligación social de redistribuir la riqueza, es decir, un libera- lismo que exige no sólo libertad sino condiciones igualitarias


    para su ejercicio. Cuando se quiebra ese equilibrio se abre la puerta a las respuestas autoritarias desde los márgenes del sis- tema.


  2. Los grandes enemigos de la democracia liberal: fascismo y comunismo

    El liberalismo sufrió su mayor quiebra en el ámbito de las ideas en el siglo XX, un siglo que merecía para Julien Benda (2008) el título de «siglo de la organización intelectual de los odios políticos». Por primera vez se vio desconectado de las inspiraciones del pasado y atrapado en las contradicciones de la sociedad capitalista-burguesa.

    La democracia liberal fue despreciada con un diagnóstico compartido desde las tendencias más diversas, como un sis- tema falseado, corrompido e incapaz de responder a las de- mandas de la nueva sociedad de masas. Este fracaso, plasma- do en las crisis económicas y la I Guerra Mundial, legitima el desencanto entre quienes dieron la espalda a la democracia liberal, aunque ese desencanto arrastrara al mundo hacia dos ideologías que causarían el peor cataclismo que ha sufrido la humanidad.

    Aunque es un debate que sigue vivo, desde mediados del siglo XX se ha desarrollado un corpus teórico muy sólido so- bre las semejanzas entre fascismo y comunismo (Arendt, 2006; Linz, 2010; Tismaneanu, 2015). Identificados con las nuevas energías de la sociedad de masas, ambos prometían un nuevo comienzo y la construcción de un mundo nuevo que superaría la fracasada democracia liberal: un relato que se iniciaba con la identificación del liberalismo con una crisis global de civiliza- ción que afectaba a todos los órdenes de la vida, como expre- saba con desgarro Klingsor, el personaje del célebre cuento de Herman Hesse (1980):

    En la vieja Europa ha muerto todo lo que era nuestro bien y nuestro patrimonio; nuestra espléndida razón se ha vuelto


    demencia, nuestro dinero es papel, nuestras máquinas sólo son capaces de disparar y de explotar, nuestro arte es un suicidio. Nos hundimos, amigos, es nuestro destino (p. 42).


    Ante esta percepción de declive, fascismo y comunismo comparten la creencia en la necesidad de hacer tabula rasa de las formas políticas existentes y en el establecimiento de un orden basado en nuevos valores. Ambos se presentaban como una revolución continuada basada en una ideología utópica que niega la individualidad de la persona, reduciendo todo el poder y la moral al Estado y la colectividad. Con su nega- ción de la pluralidad reconocida en la sociedad democrática, ambas se convierten en «ideologías de orientación autoritaria que sólo pueden realizarse plenamente a costa de acabar con el pluralismo social por medios coercitivos» (Arias Maldonado, 2021: 4). A través de un proceso simultáneo de masificación y atomización, el individuo es incorporado a colectivos para, finalmente, quedar absorbido en el Pueblo, la Raza, la Patria o el Estado. La esencia de lo social se revela en la colectividad unida y purificada de sus elementos indeseables o enemigos de lo común. Ello explica que ambas doctrinas desembocaran en campos de concentración y genocidio. Mientras el nazismo exterminaba a los judíos, el comunismo aniquilaba clases so- ciales enteras.

    La dificultad de comprender cómo pudo extenderse, y jus- tificarse, el fanatismo en el corazón de Europa ha llevado a utilizar metáforas como ilusión o locura colectiva, de las que habrían sido víctimas tanto la gente corriente como la élite de la cultura. La propagación del pensamiento antiliberal fue vista como una traición de los intelectuales (Benda, 2008) que habrían caído en un hechizo que consistía en anteponer intere- ses ideológicos e irracionales —la pasión de clase del comunis- mo o la pasión nacional del fascismo— a las ideas de justicia y libertad basadas en un debate racional que separa lo verdadero de lo falso.

    Años después, Raymond Aron (2018) lo formulaba en tér- minos parecidos: ¿por qué hay intelectuales que son implaca-


    bles con los defectos de la democracia pero están dispuestos a tolerar los peores crímenes siempre que sean cometidos en nombre de la doctrina propia? Aron lanzaba su pregunta en plena Guerra Fría, un momento histórico de máxima polariza- ción, cuando se impuso un modelo de intelectual que actuaba al servicio de un grupo social e ideológico: el Estado, el Par- tido, la Clase. Fueron minoría los intelectuales que no cedie- ron a las tentaciones fascista o comunista, aunque no se debe desmerecer su legado de resistencia ante el horror totalitario (Monmany, 2021).

    La fascinación que ejerció el comunismo sobre los intelec- tuales era equivalente a su rechazo al liberalismo. Desde el co- munismo, la democracia liberal fue asociada a una burguesía que perpetuaba la explotación del más débil en un sistema que se descomponía entre la corrupción y la miseria en gran parte del mundo. Por su parte, la doctrina fascista rompía con el liberalismo al fomentar el comportamiento irracional de las conductas hasta la glorificación del fanatismo. Para el fascis- mo, los individuos están subordinados al Estado, uno de los pilares del totalitarismo, que elimina la división de poderes según el modelo liberal-democrático. En ambos regímenes se prohíbe la disidencia y la oposición es considerada como una grave perturbación para el orden.

    El fascismo propugna la destrucción de la democracia liberal y sus valores morales y defiende un orden nuevo que glorifica- ba la fuerza, los instintos vitales, la voluntad y la violencia con un proyecto político totalitario que subordina el individuo al Estado (Espejel; Flores, 2005).

    También el comunismo asume la violencia como motor de cambio, aunque envuelta en el mito de las luchas de libe- ración. En su libro El pasado de una ilusión, Furet (1995) se preguntaba precisamente: ¿por qué unas ideas y creencias que impulsaron movimientos de solidaridad desembocaron en una superchería ideológica y política? Una primera explicación es que por mucho que la creencia comunista del marxismo nacie- ra de una sincera indignación ante las injusticias sociales, el co- munismo se define ante todo por la disciplina de acción y pen-


    samiento y por la obediencia incondicional para constituir un cuerpo colectivo en el que los individuos actúan y piensan en nombre de un nosotros que borra su libertad de iniciativa y su libertad de crítica. Más allá de sus impulsos altruistas, la esen- cia del comunismo sería la construcción de una sociedad que niega la división y la diferencia. El individuo es atrapado en el nosotros comunista mediante «una captura del pensamiento tal que el saber se deshace del ejercicio del conocimiento y del juicio; una captura de la sensibilidad tal que toda compasión se desvanece tan pronto las víctimas de la opresión, incluso de la tortura, no pertenecen al campo bueno» (Lefort, 2005: 28).


  3. La seducción del autoritarismo

    La reflexión sobre el comportamiento del individuo y de las masas en un siglo que registró niveles inéditos de violencia y fractura social llevó a profundizar en las motivaciones psicoló- gicas que pudieran explicar por qué los desencantados con la democracia se entregaron a opciones autoritarias. Estos estu- dios iniciados a partir de la experiencia del totalitarismo pue- den ayudarnos a comprender la seducción del autoritarismo que, lejos de quedar circunscrito a una época concreta de la historia, formaría parte de las actitudes que en todo momento cabe esperar del ser humano. Desde la psicología moral, Haidt ha realizado una síntesis muy reveladora de la confluencia de los extremos en la personalidad autoritaria que explicaría «por qué la política divide a la gente sensata» (Haidt, 2019). Igual- mente, Karen Stenner (2010) advierte de que la voluntad de someterse a un gobierno autoritario no es una cualidad psico- lógica permanente, sino que se trata de una predisposición de los individuos a volverse intolerantes cuando perciben que los niveles de amenaza están aumentando.

    En los primeros tiempos de la Escuela de Frankfurt, sus máximos representantes teorizaron sobre la ‘personalidad au- toritaria’ para explicar cómo gran parte del pueblo alemán se sintió más atraído por la dictadura que por una democracia


    débil o por una revolución socialista. Sin embargo, sus pri- meros estudios realizados en el exilio tras el fin del nazismo fueron muy criticados porque establecían una vinculación entre conservadurismo y autoritarismo, mientras permane- cían ciegos al totalitarismo soviético, a pesar de que tanto Adorno como Horkheimer eran muy conscientes de que se exiliaron a EEUU porque si lo hubieran hecho a la Alemania Oriental no cabía ninguna duda de que habrían sido silencia- dos (Jeffries, 2018).

    En los años 60, después de que Fromm (2009) ensanchara el alcance de la personalidad autoritaria al identificarla como el miedo a la libertad y la necesidad de seguridad a través de diversas formas de sumisión al poder o al grupo, esos mismos pensadores reconocían el mismo tipo de personalidad autorita- ria en los movimientos de la Nueva Izquierda, que «se presen- taban como antiautoritarios pero reproducían las estructuras represivas que ostensiblemente profesaban derrocar» (Jeffries, 2018: 14).

    Enfrentados al desafío de los movimientos revolucionarios de los 60, los pensadores de Frankfurt parecían corregir la parcialidad con la que atribuyeron únicamente al fascismo y al capitalismo la destrucción de la libertad (con su delirante comparación entre el nazismo y la industria de Hollywood), sin prestar la misma atención al peligro comunista.

    En su última etapa, dedicaron más esfuerzo a reflexionar so- bre la violencia y, desde una defensa del pensamiento crítico, a estudiar la ‘personalidad autoritaria’ con una perspectiva más amplia. Pese a la buena acogida que tuvo entre los intelectuales izquierdistas, las movilizaciones estudiantiles fueron criticadas por su radicalismo.

    Desde su experiencia como víctimas del fascismo y ahora como analistas del capitalismo, resulta interesante la interpre- tación que hicieron de la ideología como factor distorsionador de la política por su efecto reductor de la pluralidad hasta su completa anulación. El pensamiento funcionaría bajo los mis- mos parámetros del intercambio de mercancías en el capitalis- mo. El otro, lo diferente, se percibe como amenaza a la propia


    identidad ideológica, de modo que la operación fundamental de la ideología consistiría en establecer una rígida oposición binaria entre lo nuestro y lo otro. La ideología homogeneiza así el mundo, según esta interpretación iniciada por Adorno, continuada por Marcuse y que luego resurgirá con los filósofos estructuralistas (Eagleton, 2019: 190-191).

    En la última etapa postmarxista de la Escuela de Frankfurt, autores como Habermas encontraron una vía de reconciliación con el liberalismo. Redescubrieron que el humanismo liberal era el pensamiento que preserva, con todas sus limitaciones, la pluralidad, la relatividad cultural y las divergencias. Para Ha- bermas (2005), es cierto que todo poder desvirtúa la ideología, reduciéndola a instrumento de control, lo que a su vez favorece la polarización y el desencuentro. Sin embargo, este control no es omnipotente en un mundo capitalista, sino que toda- vía quedan resquicios de auténtico intercambio comunicativo dentro del proyecto inspirado en la Ilustración.


  4. El peligro del populismo hoy: antipluralismo y exclusión

    En la década de los 80, la caída final del comunismo parecía augurar un brillante porvenir para la democracia liberal. En Europa fueron, además, los años de la ampliación de la Unión Europea (UE) como mercado único y promesa de gran po- tencia en un nuevo mundo globalizado donde la tecnología contribuiría a democratizar la política. Sin embargo, treinta años después de la desintegración de la Unión Soviética, las ilusiones acerca del final de los conflictos ideológicos con el triunfo definitivo de la democracia liberal se han disipado con la eclosión de nuevos movimientos autoritarios. Hoy ya sabe- mos que lo que nacía con la caída del Muro de Berlín, más que un nuevo orden mundial, era otro desorden: un mundo globa- lizado y tecnológicamente conectado, pero con desajustes que pronto provocarían actitudes de desafección hacia un sistema democrático liberal al que se considera otra vez desfasado. La crisis económica de 2008 y la ascensión de los populismos em-


    piezan a ensombrecer el ilusorio porvenir, de tal forma que vuelve a hablarse del ocaso de la democracia y el amanecer de un nuevo tipo de autoritarismo (Applebaum, 2021).

    En 2016 ocurrieron dos hechos que, por su importancia, se pueden considerar la confirmación del auge de una serie de movimientos populistas impulsados por demócratas sin idea- les liberales que ponen en tensión nuestros sistemas de liber- tades. En junio, los británicos eligieron su salida de la UE y en noviembre el millonario outsider Donald Trump ganaba las elecciones de Estados Unidos. En un contexto social de ma- lestar social generalizado, se desataban dos seísmos políticos que suponían la interrupción de la edad de oro en la que la democracia liberal creía haber vivido tras la II Guerra Mundial y cuyas ondas expansivas alcanzarían su cima en enero de 2021 con el triste y grotesco asalto al Capitolio.

    Tanto en las democracias más consolidadas (Estados Uni- dos, Reino Unido) como en aquéllas con un recorrido más corto (España, Italia, Grecia, Polonia) se ha asistido a aconte- cimientos muy importantes que apuntan a una agudización de la desafección del público hacia sus instituciones, como mues- tras de distanciamiento entre las élites dirigentes y la ciudada- nía (Arroyas; Pérez-Díaz, 2016; Huber; Saskia, 2017; Laclau, 2016; Mair, 2015; Mudde, 2010).

    El problema que se plantea es si las respuestas que ofrecen esas nuevas formaciones suponen una revitalización de la democra- cia o una amenaza similar a las que en su momento supusieron el fascismo y el comunismo (Vallespín; Martínez-Bascuñán, 2017; Villacañas, 2017).

    Enfrentado a la crisis de la democracia representativa y el malestar social que genera, el populismo hace un diagnóstico similar al de las propuestas reformistas desde dentro del libera- lismo, como el republicanismo, respecto al empobrecimiento de la vida cívica, pero su alternativa es diferente. Mientras el republicanismo discute algunos parámetros de la democracia representativa sin salirse del paradigma del liberalismo, el po- pulismo continúa la tradición intelectual fascista o comunista que combatió los fundamentos liberales. Veremos a continua-


    ción cómo el populismo se inserta en esa tradición antiliberal que, sin llegar a plantear modelos totalitarios, supone una vía autoritaria que mina las libertades. Para ello, sintetizaremos los rasgos ideológicos esenciales del populismo en su impugna- ción de los valores liberales, lo que nos permitirá comprender su carácter esencialmente antipluralista y excluyente.

    Como ocurrió en las crisis de las primeras décadas del siglo XX, hoy el modelo populista parte de la crítica a la moderni- dad liberal y asume el fracaso de la ilusión ilustrada para acep- tar la ‘rebelión de las masas’. Es en el problemático éxito de la modernidad, interpretado como un fracaso, donde el populis- mo cimenta su discurso. No obstante, aunque se inscribe en la tradición crítica del marxismo, la teoría populista propone una interpretación superadora del estancamiento histórico de la acción política comunista, lo que le permite distanciarse de sus manifestaciones totalitarias en el contexto de la sociedad de masas (Laclau, 2016). Como superación de los modelos marxistas totalitarios, el populismo se presenta dentro de los límites de la democracia (Villacañas, 2017). Aquí podemos encontrar una de las razones de la fascinación que despierta en la actualidad: el hecho paradójico de que, siendo enemigo de la democracia liberal, promete un modelo de regeneración de la democracia.

    Lo mismo ocurre en las vertientes populistas herederas del fascismo. El populismo nace del fracasado legado fascista con la pretensión de reformularlo en clave democrática, es decir, renunciando a priori a sus fundamentos dictatoriales. Desde sus orígenes, el populismo derechista plantea una concepción plebiscitaria de la política, pero rechaza la forma fascista de la dictadura. No obstante, aunque el populismo acepta la le- gitimidad de los métodos electorales, sigue perteneciendo a tradiciones ideológicas e intelectuales opuestas al liberalismo. Eso explica que los populistas puedan ser demócratas, pero no liberales (Finchelstein, 2019).

    ¿En qué sentido podemos argumentar que no son liberales? En primer lugar, por su carácter antipluralista y su desprecio por la deliberación como método fundamental de resolución


    de conflictos. El populismo asume la interpretación marxista y fascista del fracaso de la ilusión liberal de una política delibera- tiva para basar su acción política en la búsqueda de una volun- tad hegemónica y homogénea. Se distancia así del liberalismo al situar la legitimidad de la política en instancias anteriores a los acuerdos normativos debatidos en las instituciones y que serían entidades abstractas como el pueblo, la gente o la nación.

    Para el populismo, y al contrario que la visión liberal, lo sus- tantivo de una comunidad política no es el pacto que pueda establecerse entre sus integrantes, sino los vínculos afectivos basados en formas de vida, costumbres, intereses y valores que adquieren forma y sentido a través de la construcción política del pueblo. Con la particularidad de que el pueblo no es una realidad natural preexistente a los pactos políticos, sino una realidad política que hay que construir. Como teorizó Laclau (2016), el populismo realiza una operación performativa: al apelar al pueblo, crea el pueblo, lo mismo que hace el naciona- lismo con la nación.

    A través de la acción política, el populismo se propone trans- ferir la soberanía desde la ley al pueblo. Mientras la democracia se sitúa en el ideal imaginario del pacto social que consagra la ley como bien supremo, el populismo sitúa la legitimidad en una decisión anterior que se impone por la vía de los hechos, la expresión directa de la voluntad de un pueblo que se configura como soberano. Mientras el liberalismo fundamenta el poder en la ley para resolver los conflictos, el populismo plantea una fundamentación previa a cualquier norma. No hay pueblo an- tes del pacto, dicen los liberales. No hay pacto legítimo antes del pueblo, responde el populismo.

    En la praxis discursiva, esta concepción de la política tiene como consecuencia la confrontación irreconciliable y excluyen- te entre una trama institucional a la que se considera culpable del declive de la democracia y un pueblo víctima de la corrup- ción y el abuso de poder de esa trama que incluye a todos los poderes del Estado. La aspiración a la hegemonía del pueblo construido políticamente mediante el conflicto deriva en la fractura del cuerpo social entre amigos y enemigos. Desbor-


    dando los márgenes de lo parlamentario, el conflicto (la guerra en último extremo) es el horizonte que proporciona autentici- dad a la política (Pardo, 2016). De esta forma, el populismo se configura como una contrademocracia que pone en cuestión el orden político institucional y, en nombre de un supuesto pue- blo auténtico, actúa desde los márgenes, como «sombra de la democracia liberal» (Vallespín; Martínez-Bascuñán, 2017).

    En este punto hallamos la segunda diferencia con respecto al liberalismo: su carácter excluyente. Mientras el liberalismo parte de la aceptación de las diferencias sociales y la plurali- dad como fundamento de la democracia, para el populismo la democracia se alcanza en un proceso que tiende a diluir las diferencias hacia un proyecto de pueblo a costa de la plurali- dad, de ahí que su retórica se oriente fundamentalmente a la invención de una comunidad que políticamente se manifieste como mayoría permanente y hegemónica. Los populistas no conciben a los ciudadanos como un público plural que delibe- ra en la esfera pública, sino como «un sujeto con una voluntad y una conciencia uniformes» (De la Torre, 2014).

    La tensión (natural y lógica en las democracias) entre la re- presentación política, la soberanía popular y la heterogeneidad de la sociedad, pretende ser resuelta por el populismo sacrifi- cando la pluralidad del cuerpo social en aras de una identidad de grupo «como mecanismo aglutinador y homogeneizador, algo que sólo puede conseguirse mediante la exclusión del otro» (Vallespín; Martínez-Bascuñán, 2017: 268). El proceso de exclusión está, por lo tanto, en el mismo fundamento de la teoría política del populismo.

    Este esquema es válido para todo tipo de populismos, ya sean de derechas o de izquierdas (Fernández Ilundain; Arroyas, 2020; Gratius; Rivero, 2018). El planteamiento conflictivista de la política se plasma en una simplificación de las interpre- taciones que, al reforzar la polarización en dos bloques anta- gónicos víctimas-culpables, dibuja una situación de crisis sisté- mica para legitimar un cambio radical. División entre buenos y malos y personalización del mal son los ejes argumentativos coincidentes en los discursos populistas a derecha e izquierda.


  5. Conclusiones

En este capítulo se ha indagado en las causas y peligros del populismo desde una perspectiva ideológica situando este fe- nómeno político en la tradición intelectual que a lo largo de la historia se ha confrontado con el liberalismo. El objetivo era comprender cuáles son sus fundamentos teóricos y cómo bajo su promesa de regeneración democrática se esconde una con- cepción de la política que mina los pilares básicos de nuestro sistema de libertades: la diversidad, la tolerancia y el pluralismo. Entre las causas del populismo se han mencionado factores socioeconómicos, culturales, psicológicos y políticos. La crisis económica, el sentimiento de miedo al futuro en un mundo en transformación y el declive del modelo liberal de democracia conforman el contexto que ha propiciado el auge de los movi-

mientos populistas con sus propuestas de ruptura.

La idea de incapacidad de la democracia liberal y sus dis- funciones representativas para gobernar la complejidad del mundo globalizado nos situaría en una encrucijada similar a la atravesada en otros momentos históricos en los que el relato liberal perdió su poder de persuasión y fue impugnado por alternativas radicales que prometían un nuevo orden. Así, a partir del análisis de las relaciones del liberalismo con la demo- cracia en contextos de crisis, desvelamos los rasgos antiliberales del discurso populista heredero del fascismo y el comunismo. Entre los elementos nucleares del populismo destaca su con- cepción conflictivista y antideliberativa de la política basada en una simplificación de las interpretaciones que, al reforzar la polarización en dos bloques antagónicos víctimas-culpables, dibuja una situación de crisis sistémica para legitimar un cam- bio radical. División entre buenos y malos y personalización del mal son los ejes argumentativos coincidentes en los discur- sos populistas a derecha e izquierda con un esquema maniqueo en el que los adversarios políticos pasan a considerarse no solo oponentes, sino enemigos a los que hay que expulsar del de- bate. En este sentido, el populismo se convierte en una ideo- logía que, bajo el ropaje de una pretendida misión salvadora


de la democracia de las garras de un sistema institucional que la ha falseado y corrompido, se configura como el principal enemigo de la propia democracia por su carácter antipluralista y excluyente.


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