Título del Capítulo: «Mapeo para el cambio social y contra la violencia de género»
Autoría: Salomé Sola-Morales
Cómo citar este Capítulo: Sola-Morales, S. (2026): «Mapeo para el cambio social y contra la violencia de género». En Candón-Mena, J.; Sola-Morales, S. (eds.), Guía de herramientas digitales para la igualdad de género. Salamanca: Comunicación Social Ediciones y Publicaciones.
ISBN: 978-84-10176-21-8
d.o.i.: https://doi.org/10.52495/c8.emcs.45.tam8
8. Mapeo para el cambio social y contra la violencia de género
Salomé Sola-Morales
Introducción
Según Nicholas Carr (2010), nuestra madurez intelectual como personas puede remontarse a la forma en que trazamos dibujos o mapas de nuestro entorno. Y es que —según varias teorías psicológicas— las etapas del desarrollo de nuestras habilidades cartográficas son muy similares a las etapas generales del desarrollo cognoscitivo infantil. Si nos remontamos a los primeros mapas de los que tenemos constancia a nivel histórico, hay que recordar los realizados en la tierra, hechos con palos o tallados en la piedra, y observar cómo, con el paso del tiempo, los dibujos cada vez se han vuelto más realistas, más proporcionales hasta llegar a representar elementos que van más allá de las capacidades visuales. El realismo de los mapas se convirtió en Ciencia, la cartografía, gracias a herramientas como la brújula o el teodolito. Y hoy en día se ha convertido en un negocio, con la geolocalización.
Representar la tierra o el cielo han sido algunas de las funciones tradicionales de los mapas, pero las que más han revolucionado nuestra forma de pensar son aquellas que han sido capaces de transformar nuestra experiencia. El hecho de que estas piezas nos permitan expresar ideas y dar sentido al mundo las ha convertido en una forma de comunicación esencial. Planes de batallas, controles de epidemias, previsiones de crecimiento de una población, son algunos de los usos convencionales que se les han dado a los mapas. Ahora bien, lo que no podemos olvidar es que, como toda herramienta o forma de comunicación, los mapas incorporan un modo particular de ver —una perspectiva— y un modo de pensar, una voluntad y/o intencionalidad humana.
1. Los mapas como tecnología
El ser humano utiliza diferentes tipos de herramientas —o tecnologías— para ampliar su poder y control sobre la naturaleza, el tiempo, el espacio, u otros seres… Tradicionalmente (Carr, 2010), se han delimitado diferentes categorías de tecnologías:
Algunas de estas tecnologías intelectuales son el ábaco, el reloj, el libro, el globo terráqueo, el periódico, la computadora, Internet o la que nos ocupa: el mapa. Todas ellas ejercen formas de poder sobre qué y cómo pensamos y esto las convierte en las herramientas más íntimas (Carr, 2010), porque las utilizamos para expresarnos, construir nuestras identidades y, sobre todo, para relacionarnos con otros individuos y grupos.
2. El mapa como genealogía de la ciudad
Las ciudades tradicionales, dice Lluís Duch, en Antropología de la Ciudad (2010) son o debieran ser formas de asociación comunitaria (con su correspondiente disposición al bien público y garantía de bienestar, placer y seguridad…) Ahora bien, las ciudades actuales se han convertido, como dice el autor, en lugar de desencuentros y de «desocialización generalizada». Esto es especialmente preocupante ya que, según las proyecciones de la ONU, en 2050 se espera que el 70% de la población mundial sea urbana.1
2.1. Los imaginarios urbanos
Como ha planteado Manuel Delgado (2007), existe una estrecha relación entre «la morfología social de las ciudades y el conjunto de las prácticas efectivas [y afectivas]2 que despliegan en el espacio urbano sus pobladores y sus representaciones imaginarias sobre la urbe» (180 y 183). Esto se debe a que, en la ciudad, se dan complejos procesos (Delgado, 1999) donde intervienen no solo las vivencias y las experiencias individuales y colectivas sino también la memoria, los medios de comunicación, los productos culturales (cine, literatura, publicidad…), así como la percepción, la imaginación o la sensibilidad estética.
En este contexto, cobran especial relevancia los imaginarios del miedo, que son las vivencias de violencia, que en este caso particular se dan en el espacio público y, concretamente, en la ciudad. Estas construcciones mentales pueden ser fruto de una experiencia directa o de condiciones «objetivas» como podrían ser los homicidios, los secuestros o los robos en determinadas partes de la ciudad —expresadas en estadísticas o informes sobre violencia urbana— y de condiciones «subjetivas», a saber, experiencias indirectas sobre actos violentos —narraciones sobre delitos, informaciones estereotipadas, rumores… Estas últimas se nutren de los relatos que circulan en los medios de comunicación —prensa, radio y televisión e internet, que difunden a grandes audiencias noticias y mensajes sobre la violencia urbana— y de las interacciones con otras personas que o bien han experimentado la violencia de forma directa o han sido impactadas por narraciones o relatos de forma indirecta.
2.1.1. Las ciudades del riesgo y del miedo
Desde Mesopotamia y Egipto, hasta las ciudades medievales y renacentistas, uno de los incentivos principales para la construcción de las ciudades fue la seguridad (Duch, 2015). Murallas, fosos, defensas, barreras, alambradas, pasos fronterizos controlados por agentes del estado, sistemas de videovigilancia… son solo una expresión de control y vigilancia fundamentadas en imaginarios de miedo y de peligro.
Un buen ejemplo de ello son las llamadas gated communities (Degoutin, 2006): espacios construidos a razón de la arquitectura del miedo presentes ya en todas las regiones del mundo y caracterizados por estar cerrados, vigilados y sometidos a un implacable control casi policíaco.
El diseño hostil o excluyente es otra de las estrategias urbanísticas que intentan desalentar las conductas no deseadas por el poder (Marquesán, 2009). La arquitectura hostil es una tendencia de diseño urbano donde los espacios públicos se construyen o alteran para desalentar su uso. Se trata de un mobiliario de vocación disciplinaria que pretende excluir a personas sin-techo o jóvenes, expulsándolos del espacio público, que termina reducido a un lugar de paso o de consumo.
A este respecto Ruha Benjamin (2015) se pregunta ¿quién piensa la ciudad? No olvidemos —denuncia la investigadora— que los consumidores van primero. De manera que la ciudad como espacio de convivencia, encuentro o disfrute es mercantilizada y se convierte en un espacio donde el/la ciudadana solo puede consumir y ser consumido.
3. Geolocalización y activismo de datos
Una de las principales aristas de la lógica del capitalismo de la vigilancia (Zuboff, 2021) es la extracción de datos de las personas usuarias para obtener lucro y beneficios económicos, por una parte, y para controlar y vigilar, por otra. Es importante subrayar que la datificación o colonización de datos se nutre de las interacciones que las usuarias hacen en el espacio, es decir, de sus localizaciones en los mapas. Las posiciones que las personas ocupan mientras interaccionan con otras —sean actividades personales o interpresonales— generan un plusvalor que es aprovechado por las empresas y que es materializado gracias a sofisticados sistemas de geolocalización.
Frente a esto surgen iniciativas de activismo de datos que tratan de:
3.1. Activismo de datos y visualizaciones
«La geolocalización puede ser también utilizada de forma alternativa, con el fin de interpretar la morfología social de las ciudades poniendo en el centro las prácticas, las representaciones y las experiencias de los sujetos y los colectivos, generando una dialéctica entre las condiciones objetivas y las cualidades subjetivas de estas vivencias» (Calvo; Sola-Morales, 2025).
Los mapas constituyen una de las formas de visualización más comunes en el activismo de datos. Si estos son gestionados desde lógicas horizontales pueden generar nuevos relatos sobre problemas sociales específicos y espacios de poder subalterno y narrativas anti-hegemónicas. Es por ello que estos usos alternativos de los mapas (véase la figura 3) pueden representar o dejar constancia de escenarios, experiencias y visiones diversas del mundo.
Frente a la geolocalización hegemónica —solo tenemos que echar un vistazo a cualquier ciudad de Google Maps y ver qué espacios están remarcados en los mapas— en la que prevalecen los espacios de consumo (restaurantes, hoteles, tiendas, centros comerciales, etc.), se proponen posibles usos activistas de la geolocalización. Recordemos que existen multitud de estrategias —comerciales como de acceso abierto— a través de las cuales los/las usuarias pueden crear sus propios mapas, al servicio de las necesidades de sus comunidades o colectivos. Estas son aquí entendidas como oportunidades para generar espacios de resistencia y lucha, en los que también compartir saberes comunitarios y anti-hegemónicos.
4. Algunas iniciativas interesantes de las que aprender
5. Referencias
Delgado, Manuel (2007). «Ciudadano mitodano», en A. Silva (dir.). Imaginarios urbanos en América Latina: urbanismos ciudadanos, Fundación Antoni Tapies (pp. 179-187)
Duch, Lluís (2015) Antropología de la Ciudad. Herder.
Figura 1. ¿Para qué sirven las tecnologías intelectuales?
Fuente: Elaboración propia basada en Carr (2010).
Figura 2. Lógicas neoliberales a las que se enfrentan las ciudades actuales.
Fuente: Elaboración propia.
Figura 3. Posibles objetivos alternativos de los mapas.
Fuente: Elaboración propia.
Figura 4. Usos activistas de los mapas.
Lugares seguros o lugares peligrosos
Lugares acogedores o lugares de arquitectura hostil.
Lugares de memoria histórica.
Lugares donde se han cometido violaciones de los DDHH o abusos policiales.
Lugares adaptados a la diversidad.
Espacios verdes y de respeto a la naturaleza.
Experiencias de violencia de género:
Lugares pensados para madres lectantes o cuidado de menores.
Lugares turistificados o gentrificados.
Lugares desaparecidos o inexistentes.
Fuente: Elaboración propia.