Título del Capítulo: «El relato de la violencia de género en Instagram: la cuenta de Cristina Fallarás»
Autoría: Almudena Mata-Núñez
Cómo citar este Capítulo: Mata-Núñez, A. (2026): «El relato de la violencia de género en Instagram: la cuenta de Cristina Fallarás». En Candón-Mena, J.; Sola-Morales, S. (eds.), Guía de herramientas digitales para la igualdad de género. Salamanca: Comunicación Social Ediciones y Publicaciones.
ISBN: 978-84-10176-21-8
d.o.i.: https://doi.org/10.52495/c10.emcs.45.tam8
10. El relato de la violencia de género en Instagram: la cuenta de Cristina Fallarás
Almudena Mata-Núñez
Introducción
En los años noventa Donna Haraway conceptualizó la imagen del cíborg como híbrido entre humano y máquina, desligado de la naturaleza y ajeno a las divisiones de género de la cultura occidental. Se trata de un ser que se mueve en los márgenes de lo humano y que se integra en el hogar a través de la tecnología. El cíborg se aleja de las posiciones de género esencialistas y no encaja en las grandes definiciones (Díaz Galán, 2012), por lo que se libera de las limitaciones del género.
A su vez, en esos años, el acceso a la tecnología se concibe como una conquista del poder y esos primeros acercamientos serían el origen del ciberfeminismo, «que se definió como una forma de activismo en la red característico de los años noventa, momento en el que se adopta Internet como modelo de intercambio de ideas para la intervención social» (Bernárdez Rodal, 2015: 225).
Se trata de una nueva época en la que el contexto digital favorece las conexiones internacionales, por ejemplo, a través de las redes sociales, que «dan la oportunidad de que lo que comprendemos como una problemática individual se interprete en clave social o política» (Brandariz Portela; Sosa Sánchez, 2022: 379). El acceso a la tecnología también ha permitido la promoción de las identidades subalternas y de los cuerpos relegados a los márgenes del sistema, que se enfrentan a un espacio del que apropiarse en la red.
Estos planteamientos en torno al cíborg y el ciberfeminismo enlazan con las dinámicas virtuales de la cuarta ola feminista, que da comienzo en la segunda década del siglo XXI, señalándose en muchos casos el año 2018 como el punto de arranque mundial debido a las masivas manifestaciones del Día de la Mujer. En España, la repercusión social fue tal que, por primera vez, el feminismo se reconoció como un movimiento movilizador dentro de la política española (Montero Gil, 2024). No obstante, la unión del movimiento se produjo a partir del #MeToo y, aunque en España no se ha registrado una reacción comparable, sí es cierto que ha habido un cambio de paradigma respecto a la aceptación y encubrimiento social sobre las violencias sexuales.
Quizá, el caso más paradigmático haya sido el de «La Manada» de los sanfermines de 2016, que provocó una amplia y sonora reacción social en apoyo a la víctima. El «yo sí te creo» y «hermana, aquí está tu manada» se convirtieron en fuertes proclamas del movimiento feminista en España. También han tenido gran repercusión mediática los casos del futbolista Dani Alves, el beso no consentido de Luis Rubiales a Jenni Hermoso y, más recientemente, el de Íñigo Errejón, cuyos supuestos abusos sexuales se destaparon a través de un mensaje anónimo en la cuenta de Instagram de la periodista Cristina Fallarás en el que no se indicaba el nombre del político, por lo que la identificación fue posible por el reconocimiento de casos similares por parte de otras víctimas.
Con el lema «Se Acabó», las mujeres españolas han alzado la voz en los medios de comunicación y las redes sociales, con la intención de frenar definitivamente cualquier tipo de violencia recibida por cuestiones de género. El pacto de silencio que ha encubierto los abusos de poder patriarcal parece que comienza a resquebrajarse y la cultura popular empieza a hablar de la violencia de género desde la protesta y la reparación.
1. Feminismo y redes sociales
Escriben Fernández Romero, Corredor Lanas y Santín Durán que Internet favorece «el crecimiento de la interconectividad y de las redes de interacción e interdependencia y permiten a los diversos movimientos sociales, como el feminismo o el ecologismo, abrir canales de comunicación más participativos» (2011: 63). En este contexto, como apuntan Tortajada y Vera (2021), las redes sociales han supuesto un impulso para la visibilidad del debate feminista, así como para su contraparte, la reacción antifeminista procedente de las expresiones machistas en la web.
Desde una perspectiva positiva, la tecnología se concibe como una herramienta liberadora que permite la creación de nuevas identidades políticas desde el activismo y la disminución de desigualdades de género (Sánchez-Duarte; Fernández-Romero, 2017).
De hecho, García González (2023) apunta que el activismo digital feminista puede dividirse en cuatro fases desde el nacimiento del ciberfeminismo en los años noventa, estando las dos últimas relacionadas con la irrupción de hashtags feministas en las redes sociales, como #NiUnaMenos y #8M, entre otros muchos (cfr. Capítulo 5 de esta guía sobre el Femitag).
De tal manera, en el contexto virtual, es posible destacar dos líneas en la conjunción del feminismo y las nuevas tecnologías: «la continuidad y el ensanchamiento de los territorios del feminismo tradicional, por un lado, y la contribución a la erradicación de la brecha digital, favoreciendo la incorporación de las mujeres a las nuevas tecnologías, por otro» (Fernández Romero; Corredor Lanas; Santín Durán, 2011: 69).
Aránguez Sánchez apunta que las redes sociales permiten la organización colectiva «para denunciar hechos que suceden bajo la indiferencia de los medios de comunicación» (2021: 381), es decir, las redes sociales se abren como un espacio de discusión y denuncia accesible a la ciudadanía anónima que puede hacerse oír sin necesidad de tener que recurrir a grandes plataformas mediáticas. No obstante, la agenda mediática influye en gran medida en los contenidos compartidos en redes sociales, en tanto que se suelen comentar casos relacionados con las noticias de actualidad (Navarro; Villegas-Simón, 2022).
2. «Yo sí te creo». El Instagram de Cristina Fallarás
En 2023, España vivió un suceso similar al #MeToo con el lema «#SeAcabó», impulsado por las jugadoras de la selección femenina de fútbol tras el beso no consentido de Luis Rubiales a Jennifer Hermoso (Asensi-Rodríguez; Martínez-Rolán, 2024). Las redes sociales fueron un punto clave para la difusión de testimonios de acoso sexual en diferentes ámbitos profesionales, de manera que lo que podría haber sido una anécdota se convirtió en una reflexión colectiva sobre la necesidad de cambios profundos en la sociedad en general y en el deporte en particular.
Un año después, en octubre de 2024, otro caso mediático propició un nuevo debate sobre el feminismo: la dimisión de todos sus cargos políticos de Íñigo Errejón como consecuencia de una denuncia anónima de acoso sexual compartida por Cristina Fallarás en Instagram (@cfallaras), en la que no se mencionaba al político, pero que cientos de comentarios asociaron a él.
Como explican Sánchez-Duarte y Fernández-Romero, en España, el ciberactivismo feminista resulta de «militancias previas y repertorios reconocidos digitalizados. Este hecho conforma un patrón conocido de fácil activación en red ante determinadas acciones y sin la necesidad de unidades centrales, organizaciones convencionales o núcleos de participación» (2017: 899). Por ello, no es de extrañar que una escritora y periodista feminista haya empleado sus redes sociales para dar voz a asuntos relacionados con la lucha feminista, en este caso, las denuncias por acoso sexual.
Cristina Fallarás cuenta con más de 9.6001 publicaciones en su feed de Instagram, siendo la mayoría capturas de mensajes que recibe en su cuenta por parte de personas anónimas que deciden compartir su historia como víctimas de cualquier tipo violencia de género y acoso. Ya sea por parte de miembros de la propia familia, de conocidos o personajes públicos, el patrón de los relatos se repite con cierta frecuencia, con lo que se señala que la violencia de género atraviesa todos los ámbitos sociales y puede ocurrirle a cualquier persona.
Aquí, Instagram no se emplea como un espacio más en el que compartir contenido, sino que permite que las mujeres narren sus historias, que puedan ser contadas por ellas mismas y que otras se reconozcan para sentir que no están solas. Frente a un proceso judicial caro, tedioso y revictimizante, la narración de testimonios en la cuenta de Fallarás abre un marco de expresión ausente de juicios, lo que apunta a la necesidad de encontrar espacios seguros en los que poder señalar las violencias vividas.
Los testimonios recogidos por Fallarás componen un archivo feminista de denuncia, una memoria colectiva que estuvo a punto de perderse cuando, tras la identificación de Íñigo Errejón como uno de los protagonistas de sus publicaciones, Meta cerró la cuenta de la periodista tras recibir una avalancha de denuncias contra ella en la plataforma. No era la primera vez que la empresa tomaba esta decisión, aunque ahora ocurría después de la publicación de otras historias en las que se hablaba de políticos y periodistas, aunque siempre sin mencionar sus nombres. El anonimato ampara a las víctimas de las violencias, pero también a los protagonistas, por lo que no se trata de una práctica con la que se busque resarcirse públicamente.
La cuenta de Fallarás es un ejemplo de que las redes sociales no solo pueden usarse para crear contenido y compartir convocatorias feministas, sino que también pueden servir para crear comunidad y conformar un archivo de testimonios en primera persona. Así, las redes sociales tienen la capacidad de funcionar como foro público, como espacio de encuentro para que las víctimas puedan narrar las violencias sufridas. Frente a las trabas burocráticas y el difícil acceso a los medios de comunicación, en la cuenta de Instagram se ha propiciado un ambiente seguro de escucha activa abierto a cualquier mujer dispuesta a construir esa memoria digital colectiva de la cuarta ola feminista.
3. Referencias
Asensi-Rodríguez, C.; Martínez-Rolán, X. (2024). Feminismo en la era digital: Movilización, resistencias y la contrarreacción antifeminista en redes sociales. Una aproximación a la cuarta ola. Gender on Digital, 2, 95-116. https://doi.org/10.35869/god.v2.5895