Diversidades LGTBIQ+ en una esfera digital hostil. Resistencias políticas frente a decisiones algorítmicas (2026)

 

Título del Capítulo: «Publicidad algorítmica y estereotipos de género: percepciones de las identidades LGTBIQ+»

Autoría:Celina Navarro-Bosch; Esmeralda A. Vázquez-Tapia; Gemma Gómez-Bernal

Cómo citar este Capítulo: Navarro-Bosch, C.; Vázquez-Tapia, E.A.; Gómez-Bernal, G. (2026): «Publicidad algorítmica y estereotipos de género: percepciones de las identidades LGTBIQ+». En Huertas-Bailén, A.; Navarro-Bosch, C. (eds.), Diversidades LGTBIQ+ en una esfera digital hostil. Resistencias políticas frente a decisiones algorítmicas. Salamanca: Comunicación Social Ediciones y Publicaciones.
ISBN: 978-84-10176-23-2

d.o.i.: https://doi.org/10.52495/c3.emcs.50.cyg5

 

 

 

Capítulo 3. El rol político de jóvenes LGTBIQ+ ante la polarización digital

 

Adolfo Carratalá

Universitat de València

 

Luiz Peres-Neto

Universitat Autònoma de Barcelona

 

Gonzalo Iturregui-Gallardo

Universitat Autònoma de Barcelona

 

Introducción

 

La polarización y la desinformación son dos elementos que caracterizan el espacio digital actual y perjudican directamente la estabilidad de los sistemas democráticos. ¿Cómo repercute esto en el colectivo LGTBIQ+? Partiendo de esta pregunta general, este capítulo se centra en cómo la polarización afecta sus vidas, en su manera de exponerse en las redes sociales —con la presencia del miedo a la cancelación u otras emociones negativas— y en sus reacciones cuando son víctimas de esas lógicas de confrontación. Pero, sin ánimo de caer en el pesimismo, también se explora su relación con la circulación de contranarrativas, con especial atención a cómo perciben el discurso de influenciadores digitales.

Con el fin de dar respuesta a estos interrogantes, el presente capítulo analiza la acción política y el comportamiento como audiencias de jóvenes LGTBIQ+ a partir de la realización de entrevistas en profundidad sobre una muestra de 18 personas, con diferentes recorridos académicos y profesionales. Esta está formada por: 9 mujeres cis lesbianas (de las cuales dos son migradas); 3 mujeres cis bisexuales (dos migrantes); 1 mujer trans bisexual autóctona; 1 hombre trans heterosexual y migrante; y 4 hombres cis gais (uno migrado). El trabajo empírico diseñado permitió aplicar la mirada interseccional de la que partió el proyecto, recogida por resultar idónea por su capacidad para explorar vivencias situadas y contextualizadas. Se realizó un análisis temático sobre las transcripciones completas de las entrevistas, usando como ejes de reflexión las siguientes preguntas:

  1. ¿De qué manera el ecosistema digital, marcado por la polarización y la desinformación, reconfigura la participación política y el consumo mediático de las personas LGTBIQ+?
  2. ¿Cómo determina el cruce entre la identidad LGTBIQ+ y la condición migrante las dietas digitales y las estrategias de autodefensa frente a la hostilidad?
  3. ¿Qué papel desempeñan la micropolítica y los influencers en la articulación de refugios digitales y de resistencias frente a la polarización?
Este análisis se inscribe en una reflexión teórica sobre la polarización, la desinformación y los derechos LGTBIQ+ en la actual esfera pública postmediática. Para ello, se asume uno de los mayores retos contemporáneos en la investigación de audiencias: atender a la diversidad de subjetividades. Apoyándonos en estudios recientes (Fernández et al., 2026), abordamos el impacto de la interseccionalidad mediante un enfoque metodológico cualitativo. Desinformación y polarización como herramientas desestabilizadoras de la esfera pública

En sentido amplio, la desinformación incluye toda aquella información falsa, inexacta o engañosa que se crea, presenta y difunde de manera intencional con el propósito de causar daño en la esfera pública a personas o instituciones; obtener beneficios económicos; manipular flujos de opinión; y avanzar en objetivos político-electorales o ideológicos (Boudana; Segev, 2024; Freelon; Wells, 2020). Este entendimiento, consensuado en el área de los estudios de comunicación, enfatiza que la desinformación requiere la voluntad de engañar y de causar algún tipo de daño. Así, en la literatura académica se distingue la desinformación de la información errónea (Bennett; Livingston, 2018). Es importante subrayar que el concepto de desinformación es mucho más amplio que el de «fake news», de frecuente utilización en los discursos políticos y mediáticos que circulan cotidianamente en el debate público, ya que la desinformación no se limita a los contenidos que imitan o simulan el formato periodístico de la noticia (Boudana; Segev, 2024).

La desinformación no siempre es evidente y puede manifestarse mediante métodos muy sutiles, como la amplificación de información inexacta o sesgada (Bennett; Livingston, 2018). A menudo, la desinformación se aprovecha de la hibridación del ecosistema mediático (digital/tradicional) para impulsar o nutrir relatos en los que las emociones y las narrativas maniqueas prevalecen sobre los hechos objetivos y la razón (García-Marín; Salvat Martinrey, 2021), con una clara intención de contaminar la esfera pública. Así las cosas, no es infrecuente que relatos anclados en la desinformación incorporen elementos típicos de discursos polarizadores con la intención de acaparar la mayor atención posible, movilizar emociones y generar enfrentamientos. Como explican Berrocal-Gonzalo et al. (2023), la polarización se define, de forma general, como un proceso mediante el cual la opinión pública pasa de una distribución normal a un escenario fragmentado, caracterizado por el alejamiento extremo entre opiniones, valores y creencias, en el que dos o más grupos adoptan posturas ideológicas enfrentadas.

En términos conceptuales, la polarización puede entenderse como afectiva o ideológica (Torcal, 2023). Esta última se refiere a la divergencia sustantiva de opiniones, creencias y actitudes respecto a los temas de debate social o político. En cambio, la polarización afectiva abarca los sentimientos y emociones más que los temas políticos en sí; es decir, la animadversión, la desconfianza o, directamente, el rechazo hacia los oponentes políticos (Kubin; von Sikorski, 2021; Pérez Zafrilla, 2022).

Sea afectiva o ideológica, la polarización constituye un fenómeno comunicacional que fractura y profundiza las divisiones sociales y políticas (Waisbord, 2020), dando lugar a lo que Orriols (2023) denomina «trincheras». Esta dinámica de confrontación intensifica la hostilidad entre grupos contrapuestos hasta el punto de invalidar el reconocimiento del otro, de tal manera que el oponente deja de ser un adversario político para ser percibido como un actor ilegítimo, el enemigo a abatir. Si bien la relación causal entre la polarización y la agresión física es compleja, existe una creciente evidencia que vincula el clima de hostilidad digital con procesos de radicalización y actos de violencia contra grupos minorizados (Johnston et al., 2015). Un ejemplo crítico de esta transición puede observarse en la actividad de la denominada «manosfera», entendida como un ecosistema digital antifeminista caracterizado por dinámicas de misoginia, radicalización y violencia verbal hacia mujeres y colectivos feministas, cuyo discurso puede llegar a trasladarse del entorno online al espacio físico mediante actos agresivos y prácticas de persecución (Ortega Fernández, 2025).

Precisamente por ello, Esau et al. (2024) defienden que, en el ámbito de la comunicación, se deje de hablar de la polarización de manera imprecisa y se asuma el concepto de polarización destructiva, es decir, que se designe un tipo de polarización que daña la esfera pública y que representa un verdadero problema para las democracias. La comunidad LGTBIQ+ y los grupos feministas en España, según diversos estudios, han estado en el centro de campañas de desinformación y de procesos de polarización con el claro interés de mermar los derechos y garantías conquistados en las últimas décadas, así como de socavar la igualdad y fragmentar el debate político (Barroso-Moreno et al., 2023; Blanco-Herrero et al., 2024; Durántez-Stolle et al., 2023; Peña-Fernández et al., 2023). En este ecosistema, la «manosfera» emerge como un actor central en la propagación de estas lógicas de hostilidad, al operar como un espacio de articulación de discursos que impactan de manera específica en, por ejemplo, el acoso y la exclusión de las mujeres lesbianas.

 

Comunidad LGTBIQ+ y comunicación digital: entre la exclusión y la resiliencia

 

Las plataformas digitales se han consolidado como espacios centrales para la circulación de discursos públicos, pero también como entornos especialmente propicios para la difusión del discurso de odio contra la comunidad LGTBIQ+ (Arcila-Calderón et al., 2024). La arquitectura comunicativa de Internet, marcada por la inmediatez, la interacción, la permanencia de los contenidos y el anonimato, favorece la propagación de mensajes discriminatorios y su menor control en comparación con los espacios offline (McGonagle, 2013; Martínez Valerio, 2022; Rivera-Martín et al., 2022). En España, los datos del Ministerio del Interior (2024) evidencian la relevancia del entorno digital en la difusión de estos discursos, siendo los dirigidos contra la diversidad sexual y de género uno de los que más han crecido. Basados en la lgtbiqfobia como sistema cultural que sanciona la desviación de la norma cisheterosexual (Martínez, 2016), estos mensajes generan efectos tangibles como miedo, autocensura y retraimiento en la participación social del colectivo (European Union Agency for Fundamental Rights, 2009).

Este fenómeno se intensifica por la estrecha relación entre desinformación y discurso de odio. Ambos coexisten en numerosos mensajes, configurando una dinámica en la que los contenidos falsos o engañosos refuerzan prejuicios y estigmatizan a grupos vulnerables (Palau-Sampio; Carratalá, 2022; Hameleers et al., 2022). Ejemplos ilustrativos, como la cobertura de crisis sanitarias o el debate sobre derechos LGTBIQ+, muestran cómo la desinformación puede ser instrumentalizada para asociar identidades no normativas con amenazas sociales o morales, y reactivar así estigmas y prejuicios (Carratalá, 2024b).

Además, las dinámicas propias de las plataformas —entre otras, la amplificación algorítmica y prácticas como el trolling1 o las campañas coordinadas— contribuyen a intensificar la polarización y la hostilidad. Estudios recientes han identificado altos niveles de polarización afectiva negativa en redes como Twitter/X o TikTok ante debates como el de la ‘ley trans’ (Ley 4/2023, de 28 de febrero, para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI), mediante la circulación de discursos en los que predominaron emociones como la ira o el rechazo y donde la desinformación actuó como catalizador del conflicto (Colussi et al., 2024; Montagut et al., 2023). Los ataques a la exministra de Igualdad española, Irene Montero, en el marco de aquel debate, además de servir como arma arrojadiza para dividir la sociedad, fragmentar la opinión pública y movilizar emociones que impidieran una conversación racional, también se articularon sobre campañas de desinformación, concretamente con prácticas de astroturfing a través de la creación de perfiles falsos en redes que impulsaron discursos misóginos, desinformación y odio, en acciones coordinadas que simulaban movimientos ciudadanos espontáneos, como describieron Durántez-Stolle et al. (2023). A ello se suma la limitada eficacia y transparencia de las políticas de moderación en las plataformas digitales, lo que refuerza la percepción de estas redes como espacios hostiles e inseguros para las personas LGTBIQ+ (GLAAD, 2022). Al analizar la circulación de contenidos LGTBIQ+ en plataformas sociales, Barroso-Moreno constataron que X (antes Twitter) presenta una mayor polarización y una hostilidad más explícita. En esta red, por ejemplo, los movimientos anti-LGTBIQ+ editan vídeos sobre la manifestación del Orgullo para manipular o confrontar la opinión pública, mientras que Instagram y TikTok ofrecen entornos más acogedores y con menos polarización. Sea como fuere, Blanco-Herrero et al. (2024) afirman que la homofobia, junto con los discursos de odio, el racismo y la xenofobia, es una de las temáticas más prevalentes y preocupantes, según la amplia mayoría de la literatura académica dedicada a estudiar los procesos de desinformación y polarización en las redes sociales en España.

Ahora bien, de forma paralela a estas dinámicas de exclusión, las plataformas digitales también ofrecen oportunidades relevantes para el empoderamiento de la comunidad LGTBIQ+, funcionando como espacios de resistencia y construcción de ciudadanía. Desde la lógica de los contrapúblicos (Warner, 2002), los entornos digitales permiten articular discursos alternativos que cuestionan las narrativas dominantes y amplían los márgenes de reconocimiento social. Internet ha multiplicado de este modo las posibilidades de conexión y apoyo, especialmente para personas que carecen de entornos físicos seguros. Las redes sociales actúan, así, como espacios clave de socialización para jóvenes LGTBIQ+, proporcionando apoyo emocional, validación identitaria e información significativa para la construcción del yo (Craig et al., 2021; Berger et al., 2022). Estas dinámicas contribuyen a mitigar el aislamiento y fortalecen la resiliencia frente a contextos hostiles.

Además, las plataformas digitales han facilitado nuevas formas de activismo. Colectivos y organizaciones LGTBIQ+ aprovechan las posibilidades tecnológicas para denunciar discriminaciones y movilizar a la ciudadanía (Ayoub; Brzezińska, 2015; Ng, 2017; Carratalá, 2024a). La articulación de campañas y narrativas colectivas permite transformar, de este modo, experiencias individuales en formas de resistencia compartida. En este contexto, los influencers LGTBIQ+ desempeñan un papel destacado como nuevos intermediarios en la esfera pública digital. En un sistema mediático híbrido (Chadwick, 2013), actúan como líderes de opinión con especial incidencia entre audiencias jóvenes (Rego Rey; Romero-Rodríguez, 2016; Newman et al., 2023). Su capacidad para visibilizar experiencias diversas y ofrecer contranarrativas frente a la desinformación los convierte en agentes clave en la configuración de la conversación colectiva, pues la credibilidad que les otorgan sus audiencias refuerza su papel en medio de la transformación de la esfera pública (Li, 2022; Tudol et al., 2022).

En el caso español, su participación en debates como el de la ‘ley trans’ ha contribuido tanto a desmontar bulos como a promover la autoafirmación identitaria y el empoderamiento colectivo (Montagut et al., 2023). De esta manera, el entorno digital presenta una naturaleza ambivalente para las personas LGTBIQ+, pues al tiempo que reproduce dinámicas de exclusión y hostilidad, también abre oportunidades para la visibilidad, la articulación comunitaria y la defensa de sus derechos.

 

El consumo situado de las audiencias: interseccionalidad y comunicación

 

En las últimas décadas, la mayoría de las investigaciones que aplican una perspectiva de género a sus enfoques abogan por una aplicación real de la interseccionalidad. Este término, que busca definir una mirada y manera de describir de forma crítica los flujos de poder en las sociedades, se acuñó a finales de los años 80 en la publicación de la abogada y activista por los derechos humanos Kimberlé Crenshaw (1989). La fundación del colectivo de activistas negras, lesbianas y socialistas Combahee River Collective ([1977] 1982) en Boston, en 1974, marcó el comienzo simbólico de este análisis complejizado de variables identitarias como la raza, la clase o el género. Esta organización ponía sobre la mesa la interacción de ejes de opresión que se generaban sobre sus cuerpos y reclamaba un cambio político para subvertir esta realidad. Otras autorías han puesto en entredicho el feminismo blanco y heteronormativo desde otros lugares, como son la sexualidad (Wittig, 1992) o la (dis)capacidad (Kafer, 2013). En este sentido, una práctica investigadora interseccional debería buscar «el análisis crítico de todo el sistema de género» (Garland-Thomson, 2005: 1557), explicando cómo «los individuos situados peligrosamente en los intersticios de la raza, la clase, el género y la discapacidad se constituyen como no ciudadanos y no cuerpos» (Erevelles; Minear, 2013: 355).

Tachtiris (2024) remarca la compleja naturaleza de la perspectiva interseccional, puesto que los ejes de opresión no funcionan solamente de forma sumatoria. En un trabajo posterior a la creación del concepto, Cho et al. (2013) vertebran la definición de interseccionalidad como una forma en la que pensar en las similitudes y diferencias en relación con el poder. Estas mismas autoras advirtieron, ya entonces, de un estancamiento en la disciplina, al observar que la mayoría de los estudios interseccionales se limitan a ofrecer una descripción de los ejes de opresión en vez de centrarse en cómo se materializan realmente esos flujos de poder sobre las personas. Por ello, el interés no reside tanto en definir qué categorías construyen al sujeto (queer, negro, de clase trabajadora, etc.), sino en responder a cómo estas estructuras de poder actúan en él. Asimismo, la introducción de una mirada interseccional conlleva la propia reflexión sobre el lugar, tiempo y contexto situado de cada persona.

Poner en práctica una investigación interseccional permite también cuestionar el conocimiento poseído y creado, que puede ser construido desde asunciones preestablecidas. Esta realidad nos remite al «conocimiento situado» de Haraway (1988), que invita a reflexionar sobre las características de los conocimientos generados y poseídos. Esto también se aplica a las creencias establecidas sobre las metodologías de trabajo en los estudios de comunicación, en las que se tiende a otorgar mayor valor a los métodos cuantitativos, cuyos resultados parecen resultar más fáciles de interpretar como evidencias científicas. Sin embargo, tal y como indican Fernández et al. (2026), una mirada interseccional requiere de metodologías cualitativas capaces de complejizar y problematizar las vivencias de un público diverso. Para estos autores, el enfoque cualitativo resulta indispensable, puesto que las metodologías meramente cuantitativas, basadas a menudo en el estudio de categorías fijas y aisladas, impiden alcanzar los entendimientos multidimensionales que exige la práctica interseccional.

Si bien es cierto que, dentro de los estudios de comunicación, las investigaciones sobre el género y la sexualidad se han basado tradicionalmente en el análisis de representaciones, recientemente se ha incrementado su estudio como públicos (Fernández et al., 2026). El análisis del consumo mediático-cultural y de la recepción de estos individuos requiere una mirada interseccional para describir diversas subjetividades, fruto de la heterogeneidad de realidades y de las dinámicas de poder que atraviesan las sociedades (Hankivsky; Grace, 2015). No obstante, como señalan Herrero et al. (2025), a pesar del aumento considerable de trabajos publicados desde esta perspectiva de indagación, las revisiones de literatura reciente señalan que la mirada interseccional sigue siendo un gran reto dentro de la disciplina.

 

 

Desconfianza sistémica y estrategias de supervivencia: entre el desencanto político y la migración digital

 

La mayoría de las y los jóvenes entrevistados muestran una profunda desconfianza hacia los partidos políticos tradicionales y las instituciones del Estado. Sienten que el sistema parlamentario no los representa y que los políticos se guían por intereses propios. Aunque en algunos casos se identifican con la izquierda, el acto de votar suele concebirse como un «voto útil» o defensivo para frenar el avance de la extrema derecha (Vox) o del conservadurismo del PP, como explícitamente mencionan Roberto (hombre cis, gay, 20, autóctono), Julia (mujer cis, lesbiana, 29, migrante) o María (mujer cis, bisexual, 19, autóctona). Con ello, votar deja de ser un acto de convicción y pasa a ser una acción meramente utilitaria, que emprenden por ser quienes son:

Toda la gente no sabía qué votar, porque no había nadie que nos representara. Entonces fue un voto de… vale, no quiero que salgan todos estos partidos, pues votaré a esta persona. Es decir, tengo muy claro que no quiero que salgan ni PP ni Vox. Por lo tanto, haré un voto útil. Porque si realmente yo votara a quien quisiera, no serviría de nada… (Clara, mujer cis, lesbiana, 27, autóctona). Sí que voto, porque es como esta cosa que no tiene sentido, pero… en las últimas [elecciones] no voté. Estaba fuera y tampoco me forcé. Fue todo este boom de «tenemos que parar a la derecha». «Ojo, se viene el facherio». Y es verdad. Pero bueno, podemos pararles los pies un poco, pero es igual, saldrán otra vez (Nuria, mujer cis, lesbiana, 28, autóctona).

En este contexto de desafección, Tina (mujer trans, bisexual, 23, autóctona), militante comunista, señala que la subjetividad trans está inevitablemente politizada porque las problemáticas y violencias a las que se enfrentan a diario les obligan a posicionarse. Esta identidad marca, de forma absoluta, sus líneas rojas a la hora de votar. Pedro (hombre cis, gay, 25, autóctono) afirma que defender los derechos LGTBIQ+ es su prioridad absoluta por encima de la economía, ya que siente que en cada elección se juega su derecho a existir como persona. Del mismo modo, Jordi (hombre cis, gay, 27, autóctono) expresa un profundo rechazo hacia aquellos familiares o conocidos que votan a partidos conservadores (como PP o Vox), confrontándolos y explicándoles que su voto negocia sus derechos fundamentales y atenta contra su vida, reprochándoles así la falta de empatía.

De manera paralela a este escepticismo político, se observa una clara desconfianza mediática que ha provocado el desplazamiento del consumo, en detrimento de los medios de comunicación tradicionales y a favor de las plataformas digitales. Según revela el trabajo de campo realizado, redes sociales como TikTok, y especialmente Instagram, se han convertido en las fuentes principales de información sobre la actualidad, como afirman, por ejemplo, Roberto (hombre cis, gay, 20 años, autóctono), Mer (hombre trans, hetero, 29 años, migrante) o María (mujer cis, bisexual, 19 años, autóctona). En efecto, las personas entrevistadas indican que estas dos plataformas se utilizan para informarse de forma rápida a través de creadores de contenido, activistas o resúmenes de noticias. Pese a la centralidad de las redes en los hábitos cotidianos y en las prácticas de consumo cultural y de información sobre la actualidad, el rechazo a Twitter (ahora X) es casi unánime, sobre todo tras los cambios introducidos por Elon Musk. Muchos han abandonado esta plataforma por considerarla un entorno tóxico, agresivo y perjudicial para la salud mental:

Sinceramente, digo: tengo suerte de no estar en esta red social [X]. Mi pareja siempre me está diciendo que es un mundo donde obviamente puedes exteriorizar lo que quieras y comentar lo que quieras, pero justamente esto… bueno… cruza ciertas fronteras de odio, de faltas de respeto por gente que se pasa por anónima; es como un mundo que mira… obviamente es «not for me». (Jordi, hombre cis, gay, 27, autóctono).

No obstante, expresan desconfianza respecto del poder de las plataformas y defienden la importancia de verificar las informaciones que reciben en sus feeds. Son conscientes de los sesgos algorítmicos y de las «fake news», por lo que suelen contrastar la información que ven en redes sociales buscando la noticia en Google o en diarios digitales.

Que cuando yo me entero de una noticia por TikTok no sé si creérmelo. ¿Entonces, qué pasa? Que si me interesa la noticia o si es una noticia de esto que me la pela... Pero si es una noticia que me interesa…pues, yo voy a las noticias. O sea, voy al periódico, al El País, a TV3, a donde sea, y busco la noticia y me informo, la leo y digo ah, mira, pues ¿sabes? (María, mujer cis, bisexual, 19, autóctona).

Aquí es interesante destacar la credibilidad de (algunos) medios como instrumentos de verificación, pero no necesariamente como puerta de entrada al consumo informativo, ya sea por el formato o por el contenido. También desconfían de la televisión, acusándola de no contar toda la verdad o de manipular.

Considero que los medios de comunicación, tanto a nivel de cadenas de televisión, son muy manipulables; en plan, considero que manipulan mucho la manera y el enfoque que le ponen a expresar las cosas. (Roberto, hombre cis, gay, 20, autóctono).

 

Fracturas identitarias y vulnerabilidad interseccional: de la polarización intragrupal a la autodefensa migrante

 

La identidad LGTBIQ+ constituye un factor determinante en la politización de parte de las personas entrevistadas. Las entrevistas revelan una fuerte polarización y un debate interno entre el feminismo radical (abolicionista del género y de la prostitución, contrario al derecho de autodeterminación de las personas trans) y el movimiento transfeminista/queer. Algunas entrevistadas expresan, como consecuencia, autocensura o miedo a ser señaladas y «canceladas» en redes sociales por sus posturas críticas hacia la teoría queer o la ‘ley trans’, mientras que las personas trans denuncian la violencia diaria, el cuestionamiento de su identidad y la precariedad a la que se enfrentan.

Sigo gente trans porque me interesa también. Al final… joder… es peña que ha tenido un sufrimiento muy similar al mío o peor, sabes. Y me interesa ver cómo exponen su realidad. Hay cosas que entiendo y hay otros que no me gusta que reproduzcan […] Entonces yo no puedo cuestionar esto en público porque se me linchan. Hay muchas cosas en las redes, que no comparto, porque se me linchan. Yo no comparto en el trabajo según qué cosas, porque se me linchan. Si estoy en un grupo de gente que no conozco, o no conozco a todo el mundo, y sale el tema, me callo. Yo no me quiero exponer a ciertas cosas. (Nuria, mujer cis, lesbiana, 28, autóctona).

De este modo, la identidad también determina su posición en las fuertes fracturas internas de los movimientos sociales, en particular dentro del feminismo. Por un lado, Nuria (mujer cis, lesbiana, 28, autóctona), feminista radical, relata que dejó de asistir a las manifestaciones del 8M (Día Internacional de la Mujer) y del 25N (Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres) porque rechaza la integración de la teoría queer y de los discursos a favor de la prostitución. Afirma sufrir «cancelación» (la tachan de TERF) y se autocensura constantemente por miedo al linchamiento, tanto en su entorno laboral como en redes sociales. Como contraposición directa, Mer (hombre trans, hetero, 29, migrante) confiesa haberse alejado de la lucha feminista precisamente debido a los ataques y la exclusión que las feministas radicales perpetran contra las personas trans.

[la lucha trans] es la casa que tengo más. Que tiene más sentido para mí en este momento. Sí, a pesar de que hace unos años era la lucha feminista. Pero son tantos ataques principalmente de las feministas contra personas trans que me fui alejando de la lucha feminista por eso. Claro que hay movimientos feministas que no son radicales, pero los que son radicales sacan a las personas trans de la lucha y no creo que eso sea bueno para nadie. (Mer, hombre trans, hetero, 29, migrante).

Precisamente, este cruce de realidades que encarna el caso de Mer evidencia cómo la intersección entre la identidad LGTBIQ+ y la condición de persona migrante o racializada expone a los informantes a una vulnerabilidad que define significativamente sus prácticas de consumo mediático. Como audiencias, su relación con el entorno digital no está mediada únicamente por el activismo representativo o el entretenimiento, sino por una estricta necesidad de supervivencia identitaria y burocrática frente a un entorno que perciben como estructuralmente racista.

Aunque la decisión de migrar suele estar motivada por la búsqueda de espacios seguros, escapando de la extrema derecha brasileña, caso de Julia (mujer cis, lesbiana, 29, migrante), o de las presiones familiares en Turquía (Yasin, hombre cis, gay, 29, migrante), la llegada a España (Barcelona) suele desmitificar la idea de la «ciudad refugio». Al enfrentarse a microrracismos, agresiones e incomprensión de los movimientos sociales locales, estas personas desarrollan dietas digitales deslocalizadas. Julia (mujer cis, lesbiana, 29, migrante), una joven brasileña, relata el aislamiento informativo que sufrió al llegar («no encontraba ninguna parte para entender mejor la situación») y admite que su consumo esquiva a los creadores españoles en favor de «páginas de política de Brasil para entender qué está pasando».

Esta mirada transnacional provoca que los algoritmos moldeen burbujas que dejan de entenderse como estrictamente ideológicas para sumar una dimensión etnocultural. Un joven de origen turco (Yasin, hombre cis, gay, 29, migrante) explica cómo su consumo se vuelca en conflictos como el de Palestina: «Sigo a gente de allí [...] el algoritmo te ayuda… estoy en la ‘burbuja’ de Oriente». La red se convierte así en un espacio para movilizar afectos e identidades que la sociedad de acogida no integra. Asimismo, la urgencia por regularizar su situación legal convierte a las plataformas en herramientas estrictamente utilitarias; esta audiencia adapta conscientemente los algoritmos para acceder a información institucional y sortear las barreras burocráticas del país de acogida.

Finalmente, frente a la hostilidad callejera y legal, el consumo de actualidad opera como un radar de autodefensa comunitaria. Un chico de Brasil en situación administrativa irregular (Mer, hombre trans, hetero, 29, migrante) explica que la información se comparte velozmente por redes y aplicaciones de mensajería para proteger al colectivo: «Si algo pasa de ley o ataques [...], la gente ya envía la información». Así, la persona migrante LGTBIQ+ actúa como una audiencia hipervigilante, donde la pantalla, además de acceso a información, ejerce de cordón umbilical transnacional, gestoría administrativa y escudo protector.

 

Resistencias y contranarrativas: de la micropolítica al rol de influencers

 

La implicación política de las personas entrevistadas trasciende las instituciones y se canaliza en causas concretas como el feminismo, los derechos LGTBIQ+ y el antirracismo. Esta militancia se ejerce en lo cotidiano mediante el consumo ético y la creación de espacios seguros. El activismo se traduce en protección y visibilidad: Roberto (hombre cis, gay, 20, autóctono) educa en un centro juvenil y Tina (mujer trans, bisexual, 23, autóctona) explica las ventajas de la movilización unitaria que entrelaza la lucha trans, la vivienda y Palestina. Ocupar el espacio público es la primera trinchera: Mer (hombre trans, hetero, 29, migrante) señala que su «mera existencia es política», mientras que Pedro (hombre cis, gay, 25, autóctono) y Jordi (hombre cis, gay, 27, autóctono) reivindican ir de la mano con sus parejas por la calle como una contranarrativa de resistencia frente al odio.

Esta necesidad de referentes y espacios seguros se traslada directamente al entorno digital, donde los influencers emergen como los nuevos líderes de opinión y referentes informativos para esta juventud. La credibilidad se deposita en la persona, no en la corporación. Como explica María (mujer cis, bisexual, 19, autóctona): «TikTok es de personas… te explican su vida, eso me lo creo más». En esta línea, Valeria (mujer cis, lesbiana, 33, migrante) argumenta que «estos influencers de humor a veces son más realistas que la misma noticia» y Yasin (hombre cis, gay, 29, migrante) rechaza los medios locales para presentar a «periodistas internacionales», a los que sigue, como figuras de confianza.

El consumo de creadores es una elección activa que cumple funciones pedagógicas y de acompañamiento. Se buscan perfiles que traduzcan la política y el género a través del humor, la ilustración o la serialización, destacando pódcasts como Saldremos mejores o Estirando el chicle, ilustradoras como Flavita Banana, o divulgadores como Cuellilargo y Frida, como mencionan Clara (mujer cis, lesbiana, 27, autóctona), Natalia (mujer cis, lesbiana, 27, autóctona) o María (mujer cis, bisexual, 19, autóctona). Para las identidades interseccionales, estos creadores operan como anclaje transnacional y soporte emocional. Xenia (mujer cis, bisexual, 25, migrante) sigue conscientemente a mujeres trans como «India» buscando referentes, mientras que Nuria (mujer cis, lesbiana, 28, autóctona) resume este refugio afectivo: «Las redes me han ido muy bien, me he sentido muy acompañada por gente que da la cara».

Sin embargo, los influencers también son un reflejo directo de la polarización. Por un lado, visibilizan las fracturas del movimiento feminista; las entrevistadas consumen o señalan a creadoras que han sufrido «cancelación» por sus posturas abolicionistas o críticas a lo queer (como Sindy Takanashi, Devermut o Towanda Rebels),2 como relatan, por ejemplo, Nuria (mujer cis, lesbiana, 28, autóctona) o Natalia (mujer cis, lesbiana, 27, autóctona). Por otro lado, también operan como actores que capitalizan la hostilidad. Lejos de ser siempre un refugio, el ecosistema digital alberga figuras reaccionarias que, como denuncia Pedro (hombre cis, gay, 25, autóctono), agravan la vulnerabilidad del colectivo LGTBIQ+: «Hay influencers que se ponen a dar discursos contra nosotros y la gente se envalentona».

 

Discusión final

 

La introducción de una perspectiva interseccional conlleva la propia reflexión sobre el lugar, el tiempo y el contexto en los que se sitúa un sujeto. A partir de la aplicación de una metodología cualitativa, este capítulo proponía ubicar las voces de 18 integrantes del colectivo LGTBIQ+ en torno al ambiente digital, en un contexto de polarización y desinformación. Con ello, a partir del estudio de sus prácticas digitales de consumo, se buscó analizar las diversas subjetividades que conforman un complejo mosaico de realidades y dinámicas sociocomunicativas.

Las plataformas sociales constituyen, para las personas participantes en este estudio, un escenario marcado por una tensión constante entre la hostilidad y el refugio. Atravesado por la desinformación y la polarización destructiva, sin lugar a dudas, es un escenario donde se reproduce el odio, la lgtbiqfobia y la exclusión, pero al mismo tiempo funciona como un espacio seguro esencial para la socialización, la construcción de redes de apoyo, la defensa de los derechos y la propia supervivencia del colectivo. Esta dualidad reconfigura profundamente tanto la forma en que las personas jóvenes LGTBIQ+ participan en la política como sus hábitos de consumo mediático.

Respecto a la participación política, se destaca el tránsito del voto por convicción al voto estrictamente defensivo, dando lugar a lo que podríamos definir como una auténtica ciudadanía de ‘supervivencia’. El desencanto con los partidos políticos tradicionales pauta un voto utilitario y defensivo de la juventud LGTBIQ+. Se deja de creer en la participación en los procesos electorales como instrumento de transformación de la esfera pública y este acto democrático se concibe como una simple cuestión de defensa de derechos para evitar pasos atrás en el reconocimiento legal de sus identidades. La polarización y la desinformación también modelan claramente el consumo mediático de las personas participantes, que apuestan por las redes sociales como canal prioritario para informarse, asignando a los medios tradicionales un papel secundario. Ese consumo se concentra prioritariamente en redes como TikTok y, sobre todo, Instagram, dado que el aumento de la polarización y la agresividad en la plataforma X (Twitter) hace que esta sea observada como un espacio hostil, lo que muestra una clara percepción del impacto que el espacio digital también puede tener sobre la salud mental como herramienta tóxica y nociva.

En el caso específico de las personas LGTBIQ+ migrantes y racializadas, el ecosistema digital se transforma en una herramienta de subsistencia burocrática e identitaria. Los sujetos manifiestan una alta conciencia sobre cómo entrenar el algoritmo para recibir información útil que les permita sortear trámites de extranjería, así como protegerse mediante alertas sobre posibles amenazas legales o callejeras, habitando la red desde una dinámica de hipervigilancia activa. De este modo, su eje identitario como personas migrantes determina el uso que hacen de las plataformas, en las que acceden a una burbuja de interacción donde encuentran información y lógicas interpretativas que no logran obtener con facilidad en las fuentes oficiales del país de llegada. El impacto de la interseccionalidad en el comportamiento como audiencias de estos sujetos parece dotar de mayor trascendencia a su identidad migrante que a su experiencia como personas LGTBIQ+, lo que podría revelar que es aquel eje de opresión el que determina principalmente la forma como se relacionan con las plataformas y el modo en que se agrupan e interactúan ante un contexto doblemente amenazante por quienes son.

Frente a este ecosistema polarizado, la micropolítica y la implicación en causas concretas actúan como primera barrera de resistencia. Esta profunda desconfianza hacia las estructuras tradicionales (partidos y medios de comunicación) ha provocado una clara erosión de la intermediación institucional en favor de la dimensión relacional. En el entorno digital, este refugio se articula de manera central en torno a la figura de los influencers y creadores de contenido, quienes emergen como los nuevos líderes de opinión y referentes informativos de alta credibilidad. Las audiencias LGTBIQ+ depositan su confianza en la persona y no en la corporación mediática, realizando una elección activa de perfiles que cumplen una labor de acompañamiento, representación y pedagogía. Para las identidades interseccionales, estas figuras operan como un soporte emocional y un anclaje transnacional indispensable, aunque su rol no es ajeno a las propias fracturas y tensiones discursivas que atraviesan los movimientos sociales.

En última instancia, el abordaje de realidades conformadas por sujetos LGTBIQ+, con trayectorias migratorias, generacionales y socioeconómicas diversas, reafirma la necesidad de apostar por enfoques cualitativos. Este tipo de investigación es la que permite alcanzar un entendimiento complejo de identidades que son, por naturaleza, poliédricas y dinámicas, captando con precisión el efecto de las estructuras de poder en la experiencia personal (Fernández et al., 2026). Asimismo, los hallazgos ponen de relieve la infrarrepresentación sistémica de los sujetos no normativos en la investigación académica y, particularmente, cuando esta responde a metodologías puramente cuantitativas. Frente a este sesgo histórico en la producción de datos, la mirada interseccional exige técnicas más permeables y flexibles que logren visibilizar las vivencias que el análisis estadístico suele omitir.

Como se ha podido constatar, la polarización marca la acción política y la participación de las personas LGTBIQ+ en la esfera pública, aunque a veces en direcciones contrapuestas: por un lado, se activan mediante el voto, entendido este como un mecanismo utilitario para la defensa de sus identidades y para impedir la victoria de partidos que no reconocen sus derechos; pero, a la vez, esta misma hostilidad les desincentiva de la participación en la esfera pública, tanto offline como online, llevándolas a dejar de asistir a manifestaciones o a autocensurarse y callar en las redes sociales. Al mismo tiempo, estas plataformas digitales son percibidas como entornos profundamente ambivalentes: operan como espacios hostiles y punitivos, pero simultáneamente se erigen como refugios ineludibles para construir comunidad, informarse y garantizar la seguridad en su día a día.

 

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1 Se entiende por trolling la acción deliberada de difundir contenidos provocadores o denigrantes en foros y redes sociales para desestabilizar la conversación pública y generar reacciones emocionales negativas. En el marco de la polarización y los discursos de odio, esta táctica se emplea frecuentemente para hostigar a grupos minorizados, a menudo bajo la apariencia de humor o sarcasmo.
2 Se trata de reconocidas creadoras de contenido y activistas del entorno digital español (el perfil individual de Sindy Takanashi y los dúos Devermut y Towanda Rebels). En los últimos años, han protagonizado fuertes controversias públicas al defender posturas afines al feminismo radical (centradas en el abolicionismo de la prostitución y del género) y mostrarse críticas con los postulados de la Teoría Queer y las demandas del transfeminismo. Esto ha provocado que sectores del activismo LGTBIQ+ las califiquen de transexcluyentes (TERF), y que, en opinión de algunos actores, hayan sido objeto de campañas de boicot o ‘cancelación’ digital.

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